
Cerca de la actual Şanlıurfa, hace miles de años, vivió un profeta: Job (Ayyub, la paz sea con él). Era conocido por su riqueza, su numerosa familia y su fe inquebrantable. Su rectitud era admirada, pero su mayor prueba estaba por llegar.
Las desgracias llegaron una tras otra. Sus rebaños murieron, sus hijos perecieron en un desastre repentino y finalmente su cuerpo fue consumido por una enfermedad dolorosa. Su piel se cubrió de llagas y su sufrimiento era insoportable. La gente lo abandonó, solo su fiel esposa permaneció con él. Sin embargo, nunca dejó de rezar: “En verdad, presento mi sufrimiento a mi Señor. Él es el más Misericordioso.”
Durante siete años soportó su enfermedad con paciencia. Cada noche oraba, esperando la misericordia de Dios. Su esposa nunca lo abandonó, curaba sus heridas y le traía comida. Su cuerpo se deterioraba, pero su fe no.
Un día, Dios le ordenó: “Golpea el suelo con tu pie.” Cuando lo hizo, surgió un manantial. Bebió y se lavó, recuperando su salud por completo. Su riqueza y su familia también le fueron devueltas, multiplicadas.
La historia de Job en el Corán es una lección eterna: la paciencia en las pruebas abre la puerta a la misericordia divina. Incluso hoy, en Urfa, los visitantes rezan en el Pozo de Job pidiendo fuerza y esperanza.


